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viernes, 2 de diciembre de 2016

Porfirio Díaz no fue dictador, en el sentido actual del término




Porfirio Díaz, quizá el personaje más polémico en la historia de México, no fue un dictador en el sentido actual del término: “alguien que se mantiene en el poder en contra de la voluntad popular”, pues nunca gobernó sin la anuencia de los mexicanos, quienes le tenían agradecimiento por lo que le había dado al país después de décadas de guerra.
Tal planteamiento hizo el historiador Carlos Tello Díaz -tataranieto de quien fuera presidente de México durante 30 años- en el ciclo de conferencias ‘Nuevas interpretaciones de la historia nacional’, organizado por el Centro de Estudios de Historia de México Carso (CEHM).
En defensa de la actuación de su tatarabuelo, como presidente Tello dijo que en aquel entonces un dictador era alguien que gobernaba al margen de la Constitución, con poderes extraordinarios.
A Porfirio Díaz se le llamó dictador, pero con el tiempo la palabra aplicada a su caso particular adquirió otro carácter y en la historia escrita después del triunfo de la Revolución, en México se le calificó como dictador por haberse perpetuado en el poder luego que se había alzado contra Sebastián Lerdo de Tejada con el Plan de Tuxtepec, cuyo lema era “sufragio efectivo, no reelección”.
En su charla titulada ‘Porfirio Díaz, claroscuros de la modernidad’, Tello, quien es maestro en Filosofía y Letras por la Universidad de Oxford, apuntó que Juárez fue presidente de México durante 14 años, varios de los cuales gobernó con facultades extraordinarias y suspendió las garantías individuales en muchos estados, por ello algunos de sus contemporáneos lo consideraron dictador. Pero a él no se le quedó esa etiqueta, dijo.
En el caso del presidente Lerdo, la popularidad con la que llegó al poder a la muerte de Juárez se revirtió cuando obtuvo facultades extraordinarias al final de su mandato en 1876; sin embargo, tampoco se le encasilló como dictador.
Relató Tello que la concentración del poder en el presidente se dio de manera paulatina, pues con Juárez al triunfo de la república restaurada comenzó un proceso de descentralización del poder político, de domesticación del legislativo y de sometimiento de los gobernadores para fortalecer al presidente. Vale recordar que, entonces, el voto estaba en manos de las legislaturas estatales; cada legislatura tenía un sufragio.
Esta conducta se perfeccionó con Lerdo, Díaz, Manuel González -presidente entre 1880 y 1884- y cristalizó en el régimen que llamamos porfiriato en las dos últimas décadas del siglo XIX, refirió el ponente, quien es doctor en Historia por la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales de París.
Díaz heredó el proyecto económico de Lerdo y de Juárez, quienes entendieron que para alcanzar el progreso era necesario mantener la paz por medio del fortalecimiento del presidente, debilitando a la cámara de diputados -que tenía el mayor poder- y sometiendo de alguna manera a la prensa.
Siempre según Tello Díaz, esto ocurrió paulatinamente, porque era una prensa muy activa y brillante en tiempos de Juárez y de Lerdo, así como durante el primer periodo de Díaz; el mayor sometimiento de la prensa fue durante el gobierno de Manuel González y culminó en el porfiriato, que, como escribió Daniel Cossio Villegas, tuvo una prensa no tan sometida como se cree.
En su libro ‘La evolución política de México’, publicado en los primeros años del siglo 20, Justo Sierra se refiere a una dictadura benévola de Porfirio Díaz y sostiene la tesis de que la sucesión de gobiernos encabezados por éste, no fue votada, pero sí refrendada por la voluntad nacional, comentó Tello, autor de las obras ‘El exilio’ y ‘La rebelión de las cañadas’.
Por su parte, Francisco Bulnes le llamó dictadura ilustrada, mientras que en su libro ‘La evolución histórica de México’, Emilio Rabasa se expresó del gobierno de Díaz como dictadura progresista y sustentó su argumento en el hecho de que el pueblo de México apreciaba la paz y la prosperidad que estaban identificadas con el régimen.
Aunque a los ciudadanos les irritaban el autoritarismo y la falta de libertad política, pero estaban resignados a que estaría en el poder hasta su muerte aquel hombre que había sabido unificar a los mexicanos después de muchas décadas de discordia, sentando las bases de la paz y la prosperidad, y al que miraban aún con orgullo como caudillo identificado con algunas de las glorias militares de México. El pueblo estaba convencido de que las cosas cambiarían tras la muerte de Díaz, escribió Rabasa.
No sucedió así porque estalló la revolución que lo derrocó. Díaz había cometido muchos errores, estaba viejo, sus facultades políticas se iban perdiendo y se exacerbaban los problemas que habían estado creciendo durante su prolongada permanencia en el poder.
En opinión de Tello, el propio Díaz era consciente de la traición que había cometido respecto a los ideales políticos con los que había llegado al poder: el sufragio efectivo y la no reelección; se había rebelado contra Lerdo con esas banderas y promovió una reforma constitucional para prohibir esta última.
Luego impulsó una reforma constitucional para permitir de nueva cuenta la reelección y, más tarde, a principios del siglo XX, intentó dejar el poder para dárselo a su ministro de Hacienda, José Yves Limantour, pero este lo rechazó; en cambio, el general Bernardo Reyes sí quería el cargo, pero a pesar de que era su colaborador muy cercano, le inspiró desconfianza a Díaz y no quiso delegarle la presidencia. Quizá esto hubiera evitado la revolución, consideró Tello.
Díaz renunció poco tiempo después del estallido revolucionario y se exilió en Europa, donde murió en 1915.
Encuentro con Juárez transformó a Díaz
Díaz se vuelve menos polémico en la medida que lo situemos en el contexto histórico que le pertenece, que es el siglo XIX, explicó el conferenciante. Nació en 1830 en un país que ya se llamaba México, pero que en muchos sentidos todavía era la Nueva España, pues la sociedad vivía aún con las tradiciones y costumbres heredadas de la colonia; la iglesia y el ejército seguían siendo muy influyentes.
Díaz fue seminarista varios años y tenía la idea de continuar la carrera eclesiástica, pero rompió con la iglesia a los 19 años cuando ocurrió su encuentro con Benito Juárez, que representó un parte aguas en su vida: decidió abrazar la causa de los liberales en Oaxaca, apuntó quien es investigador en universidades como Cambridge, Harvard y la Sorbona de París.
Esta confluencia entre quienes serían pocos años después los mexicanos más influyentes en la segunda parte del siglo XIX: Benito Juárez y Porfirio Díaz, fue la noche del 28 de diciembre de 1849 en el entonces Instituto de Ciencias y Artes -en el templo de San Pablo-, en el claustro donde tenían lugar las ceremonias de premiación.
Cuando Díaz se desligó de la iglesia y se unió a los liberales, los cuales pensaban que debía acabarse con la herencia cultural de la colonia para construir las bases de un México moderno, contribuyó a liquidar el mundo en el que había nacido y crecido.
El ideólogo de los liberales, José María Luis Mora, creía necesario hacer leyes que permitieran a México educar a su pueblo en nuevos valores, en paradigmas liberales que dieran paso a la modernidad.
En Oaxaca los conservadores eran unos cuantos y fueron eliminados muy rápidamente; la lucha se dio entre los liberales radicales, o rojos, y los moderados, o borlados. Casi todos los rojos eran militares, como Díaz, y muchos de los borlados eran abogados, como Manuel Dublán -su dirigente y concuño de Juárez-.
La reforma en Oaxaca la hicieron los moderados, que eran anticlericales, en parte porque tenían un poderoso interés económico por apropiarse de las minas, las haciendas de beneficio que había en la sierra, las propiedades importantes de la iglesia en la capital del estado y algunas de las grandes haciendas en los valles centrales. Todos esos bienes acabaron en manos de liberales oaxaqueños muy cercanos a Juárez, como José María Díaz Ordaz (primo de Porfirio Díaz) y Miguel Castro, su hombre de confianza.
“Había muchos ideales detrás de la lucha de los liberales, pero también intereses materiales muy concretos; querían crecer y sabían que podían hacerlo a costa de la iglesia”, aseveró Tello.
La guerra de Reforma se prolongó varios años más con la intervención y el imperio, fue un periodo de guerra y destrucción, por lo que al triunfo de la República y la elección de Juárez como presidente, había un enorme anhelo de paz en México, que no se concretó, por muchas razones, hasta el ascenso al poder de Porfirio Díaz, finalizó el investigador.

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